sábado, 27 de agosto de 2011

Las posguerra como campo de batalla. Julio Cardozo



En junio de 1982, Argentina comenzó a transitar su postguerra –la primera en su historia contemporánea– consolidando rápidamente una mirada orientada hacia el silencio y el olvido.

Mientras la comunidad se entregaba a su propio proceso de tramitación de la experiencia de guerra –tarea que recayó principalmente sobre las nacientes organizaciones de ex combatientes y en la asociación que constituyeron las familias que habían perdido un ser querido durante el conflicto– el Estado, las fuerzas políticas responsables de gobierno, las instituciones educativas, los intelectuales y los medios de comunicación adoptaron, casi sin diferencias, un discurso distante para con los acontecimientos vividos y condenatorio hacia sus protagonistas.

Resulta sencillo proponer explicaciones acerca de las necesidades que justificaron esta institución de la desmalvinización en la sociedad argentina. Lo difícil es no rendirse ante la evidencia de que su resultado, como política de postguerra, ha sido altamente trágico, injusto y empobrecedor para con nosotros mismos.

Desmalvinización: el punto de vista “del loco”

La forma en la que Argentina salió del conflicto bélico fue sobre todo trágica, injusta y empobrecedora para los combatientes y sus familias. Pero poco a poco, en sucesivos círculos concéntricos, esta condición trágica, injusta y empobrecedora fue ampliándose hasta abarcar la totalidad del escenario político de la postguerra, que con sus más y sus menos optó por construir su gobernabilidad en la imposibilidad de pensarnos como comunidad histórica, más allá de la dictadura militar y del terrorismo de Estado.

Desde entonces, Argentina parece haberse movido en un presente puro apenas apoyado en una memoria de corto plazo. Esto alentó pragmatismos de toda índole y nos restó perspectiva para imaginarnos en el futuro, como proyecto colectivo

Tal vez el rasgo más expresivo de esa primera postguerra haya sido el hecho de que las crisis se vivieran, no como procesos derivados unos de otros, sino más bien como catástrofes que sorprendían con su irrupción inesperada y a las que sólo podían darse respuestas urgentes, oportunistas y casi siempre acopladas al horizonte impuesto por la entonces recién nacida globalización.

Ese cuño que marcó la política interna y externa de aquella primera democracia obtuvo su forma en la desmalvinización: el corte con el pasado, la preferencia por el minimalismo, una mirada fascinada por los detalles secundarios, proclive a la fragmentación y a la teatralidad, inclinada a actuar sobre la superficie y desdeñosa de profundizar en los estratos, partícipe de la más pueril postmodernidad de moda en esos días, que se declaraba impotente para aventurar generalizaciones o definir regularidades, y optaba por hacer y ver el mundo como un inestable conjunto de múltiples discontinuidades.

Resulta curioso que la época de la fragmentación del pensamiento coincidiera con la época de la más fenomenal concentración económica y militar a nivel planetario.

Prueba de esto es, entre otras cosas, la inequívoca lógica del saqueo colonial en Malvinas –cuya evidente continuidad ha vuelto a “sorprender” en estos últimos tiempos, con el envío de las plataformas de exploración petrolera al servicio de las empresas Desire Petroleum, Rockhopper Exploration, BHP Billiton, Falkland Oil and Gas, Argos Resources y Borders & Southern Petroleum– hecho que nos confronta de inmediato con la equívoca lógica propuesta por la desmalvinización, que no sólo se ha demostrado incapaz para comprender la guerra de 1982, sino que tampoco ha sido útil para predecir sus consecuencias a futuro.

Una de las claves de esta incapacidad radica en que –de todos los puntos de vista disponibles para comprender el conflicto bélico que Argentina sostuvo con el Reino Unido– la desmalvinización elaboró el suyo eligiendo como propio el punto de vista “del loco”: a la sombra de esa idea repetida hasta el cansancio de que el país “fue arrastrado por la locura de un general borracho a una guerra absurda con el solo fin de perpetuarse en el poder”, se ha producido, en Argentina, una de las operaciones discursivas más perniciosas de nuestra historia contemporánea.

La semiología propone la idea de que una época se define en la adopción de un léxico y una gramática. Dice Richard Rorty: “Los seres humanos hacen las verdades al hacer los lenguajes en los cuales se formulan las proposiciones” (1).

La adopción de “la locura” como razón principal de los acontecimientos vividos en 1982 ha implicado el envío de la totalidad del conflicto y de todos sus partícipes al territorio del absurdo, de la insensatez y el disparate. Es natural, entonces, que bajo la orientación de la mirada “del loco”, todas las proposiciones terminen envueltas en el sinsentido.

Desde este punto de vista, no serían relevantes los intereses concretos de los actores internacionales ni los escenarios y estrategias que desde hace décadas, siglos, se vienen desplegando sucesivamente alrededor del control del Atlántico Sur y sus recursos.

En el mundo del absurdo, las causas se disuelven, las razones no hacen pie, prevalece la nada.

Por esta razón, las posiciones desmalvinizadoras tiene enormes dificultades para incorporar a su discurso palabras como “héroe”, “sacrificio”, “patria”, “coraje”, “causa”, “América”, “imperio”, “coloniaje”, “saqueo”. Son palabras que resultan problemáticas porque la carga de sentido de la que son portadoras es inconcebible desde el punto de vista “del loco”. Al evitar el carácter anticolonial del conflicto, la desmalvinización opta por un discurso de perspectiva introvertida que pone el acento en otro vocabulario: “fuimos llevados”, “zapatillas”, “estaqueo”, “hambre”, “frío”, “vergüenza”, “miedo”. En realidad, se trata de léxicos no excluyentes que la desmalvinización ha querido poner como antagónicos para sostener un pseudosideologismo de apariencia progresista que se especializa en producir relatos maniqueos, lisos y monocausales. En ese discurso, la figura privilegiada es la del inocente inmolado por el dictador, una figura construida a posteriori, ajena al sentir de época y que, en el escenario de las islas, es incapaz de explicar la razón de los combates.

Esta mirada que instituyó el vacío en el corazón del conflicto por Malvinas es la responsable de la puesta en circulación de esa serie de penosas estampas que por mucho tiempo dominaron los medios de comunicación, buena parte del arco político y de las instituciones educativas: la imagen de los “chicos de la guerra”, una generación de “antihéroes” empujada al matadero o al suicidio, degradada, aislada y resentida como consecuencia “de aquella locura absurda”.

La desmalvinización es una operación discursiva que hizo desaparecer al combatiente y nos los devolvió transfigurado en víctima, en una sombra de sí mismo, alguien que no tendría otra cosa para decir más que el relato de sus padecimientos personales.

Este proceso de reducción a la insignificancia de los acontecimientos que se abren a partir del 2 de abril de 1982 comenzó con la eliminación de la dimensión histórica, social y política del conflicto y nos condujo luego, postguerra mediante, a la ingenua superstición de que ya no habría conflicto, o bien que nada se puede hacer con él.

Si hubiera una “doctrina de la desmalvinización”, su cumplimiento más ortodoxo podría describirse según los movimientos y pasos siguientes:

Primer movimiento:

Supresión de la escena pública de los protagonistas. Pérdida de la palabra. Promoción de los “intérpretes” y los “comentaristas”.
Construcción del concepto del “sin sentido” para todo lo acontecido.
Identificación de “guerra perdida” con “causa perdida”.

Segundo movimiento:

Remisión de todo y de todos al interior del dispositivo represivo de la dictadura.
Victimización. La guerra de Malvinas como “campo de exterminio” extendido al Atlántico Sur: tratamiento de los combatientes como víctimas del terrorismo de Estado.
Desplazamiento de la cuestión colonial a un lugar secundario. Promoción de los enfoques técnicos del problema.

No es la tarea aquí dilucidar los objetivos de una doctrina semejante. Nos basta comprobar su resultado. En este sentido, parece obvio que la definición de la guerra de Malvinas como “locura absurda” solo podría arrojar conclusiones absurdas. Es esto, precisamente, lo que encontramos a lo largo del camino de la desmalvinización: confusión y extravío.

Dos ejemplos ínfimos. Al cumplirse los veinticinco años de la guerra, la página oficial del Ministerio de Defensa eligió hacer su recordatorio el 14 de junio, no el 2 de abril. Obviamente, hubo protestas, cartas, respuestas, y rápidamente “el error” fue corregido. En 2008, el Ministerio de Educación de la Nación también tuvo que corregir otro “error”. Entre los materiales de apoyo docente que ofrecía desde su página oficial, presentaba un trabajo sobre la cuestión Malvinas en el que se definía la recuperación del 2 de abril de 1982 como “invasión argentina”. Denuncia mediante, el trabajo fue retirado.

No hace falta mucho análisis para darse cuenta que considerar como “invasión” el acto de recuperar las islas y elegir como fecha para conmemorarlo el día de la rendición militar argentina en Malvinas son decisiones que expresan con mucha propiedad el punto de vista británico, no el nuestro.

Cabe preguntarse cómo llegamos a esta “locura”. La desmalvinización, esa operación discursiva que instala ambigüedad donde no debería haberla, se inscribe, sin duda, en esa cultura del coloniaje que en los años cuarenta Scalabrini Ortiz describía con la siguiente fórmula: “Hablamos en castellano, hacemos en inglés” (2).

Se trata de un procedimiento que recuerda la broma de Marechal cuando se refería a “la” mujer como una “conjunción adversativa”, observando lo que sería una cierta “habilidad natural” para crear controversia y contrariedad con el uso sistemático del “pero”, “aunque” o “sin embargo”, diluyendo así toda tentativa de afirmar una certeza.

El procedimiento pierde la simpatía de la broma y se vuelve antipático cuando aparece para obstaculizar el juicio de la comunidad, problematizando hasta las cuestiones más elementales, sencillas y evidentes. Veamos un ejemplo. ¿Cómo deberíamos contestar las siguientes preguntas?:

1. Con quiénes se enfrentaron los soldados argentinos en Malvinas: ¿con la fuerza colonial británica o con la dictadura militar?

2. Qué es lo que estaba en juego para esos combatientes: ¿la soberanía de las islas o la continuidad de la dictadura militar?

3. Los caídos argentinos en la guerra de Malvinas ¿son héroes de esa lucha o son víctimas del gobierno militar?

El sentido común respondería sin titubeos. Basta seguir el hilo de estas preguntas y estar dispuesto a asumir con honestidad todo lo que de ellas se deriva para que el estatuto discursivo de la desmalvinización –justificado solamente en la mirada “del loco”– caiga por su propio peso.

Malvinas como faro de orientación

Hablar de historia contemporánea siempre es complejo, delicado. Sabemos que no está disponible toda la información, que los testimonios están cargados de subjetividad y que los intereses en juego siguen operando en todos los escenarios, los fácticos y los discursivos.

Se trata de un conflicto vigente. Y en esta materia, el historiador académico o el profesional de la educación, cuando se presenta la necesidad de elaborar contenidos para el sistema educativo, prefieren posponer la adopción de puntos de vista definitivos y se inclinan por los planteos abiertos. Es comprensible: “Necesitamos, primero, hacer lugar a todas las miradas”, “es un acontecimiento sobre el que no hemos alcanzado una síntesis adecuada”, “es un tema polémico”. Es lo que se oye.

Me gustaría, sin embargo, plantear un dilema. La contemporaneidad de los hechos, su proximidad, aparece como impedimento al dejarnos sin distancia suficiente para contar los hechos con suficiente verdad y justicia. Ahora bien: todos sabemos que un hecho sólo puede ser comprendido cuando somos capaces de describirlo, de contarlo. Describir y relatar, son formas del conocer. Resulta obvio, entonces, que si no conseguimos enunciar al menos una hipótesis descriptiva, un punto de partida firme, el problema escapará a nuestro entendimiento y, por lo tanto, no podremos resolverlo. Si el problema sigue irresuelto –y es un hecho que la ocupación colonial sigue– el problema continuará anclado en nuestra contemporaneidad, en el presente, cosa que nos devuelve al principio: como se trata de un hecho contemporáneo, resulta muy complejo decir algo de él, con verdad y con justicia. “Es necesario, primero, hacer lugar a todas las miradas”…

Se nos impone un problema técnico como si se tratara de un problema gnoseológico. La enunciación, obviamente, siempre carga con el peso de su propia arbitrariedad. Pero el hablante toma riesgo. De otro modo, estaría condenado a permanecer en silencio. Esto es así, siempre. A poco de analizarlo, el argumento que pone “la contemporaneidad” como problema, se revela en serie con el procedimiento de la “conjunción adversativa”, esa fábrica de ambigüedad que hace uso y abuso de la natural ambigüedad del lenguaje.

Proponer una especie de “pensar impresionista”, en donde el paisaje de la historia queda perpetuamente indefinido entre el día y la noche, donde la ambigüedad sobre si se trata de un amanecer o de un crepúsculo es impenetrable, sin duda forma parte de la operación discursiva que propone la desmalvinización.

Esta estrategia acepta perfectamente la descripción de “máquina” que propone Félix Guattari en Caósmosis: “una de las instancias centrales en la producción de subjetividad” que “acota lo visible y lo enunciable, y establece ciertas relaciones de poder” por medio de sus procedimientos discursivos (3).

Todos sabemos que reivindicar la posibilidad de un saber exhaustivo, perenne, esencial e irrefutable es imposible. Esta no es la cuestión. Acá no se trata de oponer a la desmalvinización una malvinería puritana y dueña de todas las certezas –discurso que existe también, y que es contracara de la desmalvinización, la misma cosa–. El asunto que nos ocupa es cómo se construye un punto de vista común, dónde situamos nuestro propio faro de orientación en este verdadero campo de batalla por el significado de las cosas en el que se ha convertido la postguerra.

Necesitamos romper “la máquina de la desmalvinización”. En pocas palabras: nos hace falta decidir, por un lado, cómo organizar el saber, y por el otro, cómo organizarnos para saber. Otra maquinaria conceptual.

Si vamos a contar la historia de este conflicto, lo primero que necesitamos es identificar al sujeto de esta historia y situar ahí la clave del relato. Sin duda, se trata de una historia que recae a cada momento sobre sujetos individuales, pero sería imposible que un solo sujeto individual cargue más allá de su propia vida con una Causa que tiene ya casi dos siglos de existencia.

Nada dura doscientos años si no está sostenido en la comunidad, ese flujo constante de vida que da continuidad a lo que somos, cada vez, a cada instante. El sujeto de la historia no podría ser entonces “el general borracho”. Pero tampoco el político, el profesor, el periodista, el funcionario, el dirigente o el militante. Ni siquiera el ex combatiente es ese sujeto histórico.

Es simple y al mismo tiempo misterioso: el sujeto de la Causa de Malvinas es el pueblo. Han marchado sobre sus hombros todos aquellos que, a cada momento, tomaron y toman parte en esa lucha.

De distintas maneras, hace ya casi dos siglos que Malvinas se viene reeditando en nuestra contemporaneidad. Se trata, realmente, de un fenómeno poco común. En la historia del país no son tantos los hechos, las personalidades o las formas culturales que han conseguido inscribirse en la memoria popular de un modo semejante.

Para acometer el relato de esta historia es indispensable, entonces, tomar al pueblo como faro de orientación y seguir el hilo de su comportamiento histórico, porque en su seno opera un saber que a lo largo del tiempo ha ido convirtiendo la expresión “Malvinas Argentinas” en un verdadero campo simbólico, que incluye la reivindicación de la soberanía de las islas pero que extiende su significación mucho más allá de ellas.

¿De dónde surge esa vitalidad simbólica? ¿Por qué esas islas siguen siendo evocadas en todos los presentes de nuestra comunidad?

La pregunta nos parece fundamental. Y por contraste, resulta también fundamental reparar en el hecho de que esta inscripción popular nunca ocupe el centro en las interpretaciones académicas, periodísticas o políticas más difundidas sobre la cuestión Malvinas.

Se sostiene a veces que esa relación histórica establecida entre el pueblo argentino y esas islas es una invención de la literatura política, una ficción que sólo ha servido de estribo para lo que es calificado como aventuras, errores o desmesuras nacionalistas. De ahí que se considere ese carácter popular como un problema, o como un peligro siempre emergente, algo que habría que remover para que el país pueda alcanzar una comprensión objetiva del problema y, eventualmente, su solución.

Nuestra opinión es que la lógica de estos argumentos es, sin más, la lógica del coloniaje.

En el corazón de esa danza gigantesca que los hombres y mujeres de una comunidad llevan adelante cuando se entregan a vivir su cultura y su tiempo; en su histórico devenir, los pueblos –sin una razón específica y por fuera de la lógica formal– hacen nacer las creaciones culturales que les sirven de orientación y dan sentido a su vida.

De esas creaciones surgen nuestros modos de ver y de contar el mundo, el centro de gravedad alrededor del cual se organiza el sentir y el decir de una comunidad. Es lo que extraordinariamente ha podido definir Jaime Dávalos en su Vidala del Nombrador. Así habla el sujeto popular, siempre dueño de sí mismo y de todo lo que él hace existir:

Vengo del ronco tambor de la luna

en la memoria del puro animal.

Soy una astilla de tierra que vuelve

hacia su antigua raíz mineral.


Soy el que canta detrás de la copla

el que en la espuma del río ha’i volver,

paisaje vivo mi canto es el agua

que por la selva sube a florecer.

Yo soy quien pinta las uvas

y las vuelve a despintar.

Al palo verde lo seco

y al seco lo hago brotar.

Empujados por esa voz se alzan en el territorio los faros de identidad de la “Nación del Vivir”, como la llamaba Rodolfo Kusch (4). Esos faros marcan el horizonte cultural del que surge el pensamiento de una comunidad, cúmulo de figuras cargadas de sentido y de afectos o, como decía Yupanqui, “de esas locuras divinas que hacen que el hombre de por aquí se aferre a su continente” (5).

La Causa de Malvinas es uno de los faros de esa Nación del Vivir, porque involucra de raíz y en todas sus partes su propia existencia como proyecto de autonomía colectiva.

A lo largo de la historia, esa Causa ha venido proporcionando motivos, significados y orientación para esta aventura siempre abierta de hacernos a nosotros mismos, una comunidad, un país, una patria. Por eso permanece encendida. Porque es vivida como una fuente proveedora de sentido, como uno de esos territorios simbólicos donde la comunidad se asegura el constante nacer y renacer de “un decir” y “un sentir” para ella misma, siempre disponible para alumbrar después como pensamiento, como acción y como proyecto.

Esta noción de “un sentir y un decir como proyecto” nos permite traer acá una cita de Macedonio Fernández que nos parece ejemplar: “Un Estado, cultura, ciencia o libro no hechos para servir a la Pasión no tienen explicación”, por más que lo respalde la ciencia, el buen gusto o el “intelectualismo extenuante” del pensar colonizado (6).

No hay abordaje serio de la cuestión Malvinas si no se pone a los pueblos de la región en el centro del escenario. Porque ellos mismos son la Gran Causa, su propia Pasión.

La máquina de la desmalvinización, en este sentido, funciona como una muralla discursiva al servicio del control de esa pasión popular.

El libro de cabecera de la Causa

Es preciso restituir al pueblo como sujeto en nuestros relatos sobre la Causa de Malvinas. Esto significa identificar sus pronunciamientos, su saber, su pensamiento. ¿Dónde está escrito lo que el pueblo piensa acerca de la Causa? Es necesario decir algo acerca de esto porque en nombre del pueblo se ha dicho, se dice y seguramente se seguirá diciendo cualquier cosa.

Solemos pensar en “el saber” como algo que se acumula bajo la forma de libros. Hannah Arendt afirma con razón que el hombre se manifiesta con la palabra y con la acción, y que “la acción, aunque no es un lenguaje, en ocasiones puede leerse como si lo fuera; al igual que la palabra puede sentirse a veces tan sólida y material como la acción” (7).

En esta región del mundo, los pueblos son particularmente expresivos a través de la acción. Hacen en forma aluvional, como ruptura, o por diseminación, muy lentamente. “Los pueblos siguen la táctica del agua. Aprisionada, se agita y pugna por desbordar; si no lo consigue, trabaja lentamente en los cimientos, buscando filtrarse. Si nada de esto logra, acaba en el tiempo por romper el dique, lanzándose en torrente. Son los aluviones. Lenta o tumultuosamente, el agua, igual que los pueblos, pasa siempre” (8).

En el plano de su cotidianeidad, los pueblos despliegan su escritura, como dice Kusch, a medida que van “domiciliándose en el mundo”. Lo hacen muy despacio, marcando el territorio con gramáticas de orden simbólico y de naturalezas muy diversas: sus cancioneros, sus prácticas muralistas en los barrios, en la inscripción de sus cuerpos de creencias, sus dichos, en la ritualidad de sus celebraciones o con la presencia de sus heterogéneos santorales, a los que la comunidad dedica altares y adoratorios. Todas éstas son escrituras del pueblo.

Dentro de esa verdadera biblioteca popular tiene un lugar preferencial la serie de marcas que integra lo que se podría bautizar como el “libro de cabecera” para la comprensión popular de la Causa de Malvinas. Veamos algún ejemplo de esas escrituras.

Tal vez el primer “texto” de lectura obligatoria para cualquiera que se proponga el abordaje de la cuestión Malvinas debiera ser el que la guerra y la postguerra ha escrito sobre los cuerpos de los ex combatientes y las familias de los Caídos.

En este terreno, nada se puede decir sin escuchar primero. Esos cuerpos llevan tatuado una parte importante de la historia. Esto es algo que no podemos dejar de leer: la voz y los gestos de los protagonistas, algo que fue y en buena medida sigue siendo denegado o velado por los intérpretes, aquellos que tomaron su lugar apenas concluyó la guerra y que hasta el día de hoy continúan ocupando las principales tribunas públicas. Aquí corresponde decir, como dice Jaime Ross en El hombre de la calle: “No me hables más de él, no hablen más por él”. El levantamiento de esta interdicción y la completa liberación de la voz de todos los protagonistas es una necesidad en ese “libro de cabecera” del que hablamos.

Otro capítulo de altísimo valor político es la formidable presencia de la Causa Malvinas en el paisaje urbano y suburbano de Argentina. Otra lectura obligatoria.

Llevan nombres relacionados con la Causa innumerables calles de todos los pueblos y ciudades del país, plazas, plazoletas, monumentos, monolitos, escuelas, salones sindicales, centros culturales, centros de salud, clubes, estadios, cines, auditorios, teatros, aeropuertos, municipios y multitud de complejos habitacionales. Una búsqueda superficial en internet arroja 266 millones de entradas para las palabras Malvinas Argentinas. Hay fábricas de chacinados, de pastas, talleres mecánicos, servicios de transporte, cooperativas de trabajo, de telefonía o de la construcción que llevan ese nombre en Bahía Blanca, Cipolletti, Balcarce, Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, San Luis, Monte Grande, Puerto Iguazú… La calle principal de Iruya, pueblo salteño de no más de dos mil habitantes que está colgado de la montaña a cuatro mil metros de altura y cuya relación con el Atlántico Sur parece a primera vista más que imposible, se llama Malvinas Argentinas. Es una calle de apenas cincuenta metros, que arranca en la ladera del cerro, pasa frente a la iglesia y termina en un abismo al pie del cual corre el río Iruya.

Después de San Martín y de la gesta sanmartiniana, la Causa de Malvinas debe ser la memoria más nombrada del país. Evidentemente, en todos estos años, el pueblo ha ejercido de un modo vigoroso su poder de Nombrador, como afirma la vidala de Dávalos, construyendo sobre todo el territorio nacional una verdadera topología de la Causa.

Este es un texto de una significación extraordinaria. Todos conocemos el altísimo consenso social y político que exige la ley para decidir el cambio de nombre de una calle o de una escuela. Pensemos entonces que esto se ha repetido por miles y miles de casos en todas partes, a pesar y en contra de un contexto francamente desmalvinizador, lo cual multiplica el significado político que subyace a la voluntad del Nombrador, que decidió con esta topología dejar en claro que esa Causa está en un lugar central de su memoria.

Dijimos antes que los pueblos se manifiestan diseminando signos lentamente, como en los casos anteriores, o en forma aluvional, como ruptura. Veamos algún ejemplo de esta segunda modalidad.

El pueblo, cuando irrumpe, no argumenta; simplemente afirma. El aluvión no es narrativo. Viene a poner una especie de punto final a lo que se venía diciendo y hace lugar para que otra narración de comienzo. El pueblo aparece para establecer una verdad y en ese acto hace saltar la térmica de todos los gabinetes de ciencias políticas y sociales. La lógica vandálica de las intervenciones populares subordina siempre todos los contenidos a la potente dirección de sus pasiones. La desmesura es su regla, y así se manifestó, desmesuradamente, al conocer la noticia de la recuperación de las islas, el 2 de abril de 1982.

Durante la convocatoria que reincorporó a los cuarteles a la clase 62 que ya había sido dada de baja de su conscripción, por ejemplo, no se registró la deserción de ningún integrante en todo el país. Esto pone en tela de juicio el mecánico “nos llevaron” de la desmalvinización. Se presentaron todos los soldados conscriptos, sin excepciones, incluso antes de haber recibido el telegrama. Había en el aire un clima que solo a posteriori fue forzado a perder significación. Esta masiva predisposición es, sin duda, un texto fuerte.

Hay otros. En las cárceles de la dictadura, grupos de presos políticos decidieron ofrecerse para combatir junto a los soldados argentinos. Al no prosperar el ofrecimiento, organizaron bancos de sangre para asistir a los heridos de esa lucha. La presentación espontánea de voluntarios para combatir no solo se dio en el país, también ante las embajadas del Perú, de Panamá, de Cuba, de Venezuela. En Caracas, los venezolanos realizaron un apagón espontáneo en repudio del hundimiento del Crucero General Belgrano. La fuerza de esta presencia popular provocó la ruptura de la unidad de todos los centros de exiliados de América Latina y España, inaugurando un masivo movimiento de apoyo a la Causa argentina, sin que eso significara renunciar a la lucha contra la dictadura. Seguramente, el pronunciamiento más lúcido y transparente en este sentido haya sido el comunicado de la CGT de Saúl Ubaldini que, luego de haberse movilizado contra el gobierno el 30 de marzo de 1982 y de recibir una de las represiones callejeras más violentas de entonces, volvió a manifestarse el 3 de abril, esta vez exigiendo el respeto simultáneo a la soberanía nacional en Malvinas y a la soberanía popular en el continente. Esas expresiones abrieron un espacio impensado para la política, gracias a que el aluvión popular supo conquistar para sí todo el espacio público disponible. Se sentía profundamente que estaba sucediendo algo potente, que el futuro era una posibilidad abierta, a construir.

El conjunto de las acciones populares que se manifestaron en ese escenario configuran y pueden leerse como un texto de signo emancipador, no visible sólo para quien cree que estallidos de esta índole son nada más que producto de la manipulación informativa y de la demagogia. Pobre consideración del pueblo hay en esta mirada de iluminado.

La inteligencia y complejidad de los pronunciamientos populares de esos días están muy por arriba de la medianía de muchos ensayos de esclarecidos. En 1982, el pueblo argentino se manifestó rotundamente contra el gobierno militar. Está probado. Al mismo tiempo, nunca dejó de sostener a sus hijos en la altísima encrucijada del combate contra las fuerzas británicas, ni dejó de reivindicar la soberanía argentina sobre las islas. Pero además de esto, tampoco cayó en el delirio belicista. Constantemente apoyó y pidió una solución pacífica para el conflicto.

Visto en perspectiva, éste es un texto ejemplar acerca del sacrificio que implica elegir el camino que dicta la pasión popular, que en aquella alternativa no fue ni el más sencillo ni el menos doloroso ni el que tenía éxito garantizado. Fue, sencillamente, el más digno.

Un caso especialmente demostrativo de esa dignidad es el movimiento de solidaridad que se desplegó en el seno de la comunidad cuando quedó confirmado que los británicos enviarían su flota de guerra a las islas. Ese movimiento fue tan extenso, intenso y espontáneo que obligó al Estado Mayor Conjunto de la dictadura a anunciar, en su Comunicado número 41 del 1 de mayo, que “la elevada cantidad de medios, materiales, víveres y equipos que se han recibido en los distintos puntos del país, hacen dificultosa su estiba y distribución, y supera la capacidad de carga de los transportes disponibles. Por ello, se solicita a la población suspender por el momento el envío de donaciones”. El aluvión solidario pugnaba por llegar hasta las islas más allá de todo límite.

Al cumplirse los veinticinco años del conflicto, el secretario de Hacienda del gobierno militar, Manuel Solanet, declaró al diario Clarín que “la recaudación definitiva en donaciones fue de 54 millones de dólares, casi el doble de lo que demandó la movilización de tropas para la ocupación de las islas, que costó 29 millones de dólares” (9).

La energía social comprometida en ese movimiento solidario es algo que muy pocas narraciones consideran. Ha interesado más el destino que un puñado de “vivos” le dieron a lo donado, que el carácter de manifiesto malvinero que se expresó en el abrumador volumen de esas donaciones.

Esa solidaridad expresa uno de los hechos políticos más importantes de aquel momento. La irrupción de esa lógica popular fue la que le cambió el signo a esa pequeña maniobra de palacio imaginada por la dictadura, convirtiéndola en un verdadero acontecimiento, caja de resonancia regional para una aspiración histórica de todos los pueblos del continente.

Nos parece que estas acciones pueden leerse como un texto. Son parte de ese “libro de cabecera” que nuestros maestros y profesores podrían ofrecer a sus alumnos. Resulta imposible comprender una Causa que permanece encendida durante tanto tiempo sin el auxilio de esos pronunciamientos populares.

Decir y sentir del pueblo

Dentro del extenso tejido narrativo que el pueblo argentino ha venido hilando alrededor de la expresión “Malvinas Argentinas”, hay una hebra que fue hilvanada en la postguerra por las familias de nuestros Caídos.

En 1983, enfrentados a la pérdida irreparable, debieron decidir sobre cuestiones para las cuales jamás se habían preparado. La guerra les había quitado lo más querido. No podía ser peor. Y ahora, una vez concluido el enfrentamiento militar, los británicos les ofrecían “la repatriación de los restos” de los soldados argentinos que habían quedado en las islas.

Los familiares de los Caídos rechazaron la propuesta británica argumentando que “no se puede repatriar lo que ya está en su patria”.

Hay que tomarse un momento para advertir la dimensión de este sacrificio. Las familias eligieron tener lejos a sus hijos muertos en la guerra. Les pareció que ese sacrificio era lo único que podía aproximarse al sacrificio que habían hecho ellos, la manera más alta de ofrecerles respeto y reconocimiento. Era la tierra por la que habían dado sus vidas, merecían quedar ahí.

Hay una belleza trágica y heroica en ese sacrificio. Sólo es comprensible desde el punto de vista del pensamiento popular, que siempre dice y hace para construir sentido colectivo.

Nos parece evidente el valor pedagógico de este sacrificio. Él solo es un verdadero ensayo sobre el amor y la entrega.

Similar belleza trágica y heroica transmiten también las 230 cruces que nos han recibido en las puertas de esta Universidad durante los días de sesión de este Primer Congreso Latinoamericano. Son las cruces que durante veinte años estuvieron junto a las tumbas de nuestros compañeros Caídos en Malvinas, en el Cementerio Argentino de Darwin. Regresaron al continente cuando sus familias consiguieron construir allá un Monumento en su memoria, una obra que les llevó casi diez años y que, entre otras cosas, incluyó la sustitución de las viejas cruces que habían puesto los ingleses al término de la guerra, por otras más robustas trabajadas en madera de lapacho.

Tuve la suerte de estar en el galpón de materiales donde los familiares de los Caídos se reunieron para elegir el mármol con el que iría a construirse ese Monumento. Los vi pasearse entre las placas de piedra. Las tocaban, las miraban, no se escuchaba a nadie decir cosas como “este mármol me gusta”, “este color es mejor”. Lo único que los familiares preguntaban sobre esas placas de piedra era “¿cuánto duran?”. El hombre que los atendía iba diciendo: “En el clima de las islas éste puede tener una duración de doscientos años, aquel podría alcanzar los trescientos años, ése seguramente resistiría unos cuatrocientos, quinientos años…”.

Los familiares querían que eso que iban a construir en Malvinas fuera tan fuerte y duradero como para estar seguros de que todavía estuviera ahí el día que las islas fueran recuperadas, no importa cuánto tiempo demandara esa lucha.

Usaron el mismo criterio para elegir el material para las cruces nuevas. Se dice que la madera del lapacho, un árbol originario de América, es capaz de mantenerse firme más de doscientos años, aún si está debajo del agua.

Estas son acciones de una transparencia tal que es imposible no “leerlas” como si se tratara de un manifiesto. Ocupan, sin duda, un capítulo del “libro de cabecera” de esta Causa.

Todo lo que hace el pueblo es para asegurar la continuidad de su presencia, para sostenerse en el tiempo. La construcción de continuidades es clave en la historia de los pueblos.

Por esta razón, los materiales con los que se hizo ese Monumento y el Monumento mismo han podido convertirse en uno de los textos más vigorosos de esa batalla popular por afirmar un sentido para esta historia. Ese Monumento energiza y orienta la topología malvinera que el pueblo ha levantado en el continente. Los familiares de los Caídos han conseguido clavar, en pleno territorio ocupado, un mojón de altísimo valor simbólico, tal vez el más potente de la postguerra.

Finalmente, unas pocas palabras más para las viejas cruces que aquí nos acompañan, que bien podrían ser prólogo y epílogo en ese “libro de cabecera” cuya compilación aún nos debemos los argentinos.

Muchas de las personas que han venido a este Congreso se han referido a las Cruces de los Caídos como si estuvieran vivas. Esas cruces oscilan con el viento, se tocan suavemente entre sí, balancean sus rosarios y sus flores y con esos movimientos producen un sonido particular que muchos han querido sentir como un mensaje.

Es posible que esto sea así, que ese mensaje esté escrito en las Cruces mismas, que nuestros Caídos hablen a través de ellas. A mí me gusta pensar, sin embargo, que ese mensaje está dentro de quien se detiene a mirarlas. Que esas Cruces nos dan la oportunidad para que aflore en nosotros aquello que el pueblo argentino ha venido escribiendo en nuestros cuerpos a lo largo de siglos. Si uno se entrega a la contemplación de esas Curces libre de juicios y prejuicios, acaba encontrándose con su edad histórica, con su cuerpo social y con su propia estatura en el presente.

Ya sea que ese mensaje esté dentro de nosotros o en las Cruces, el resultado es el mismo. ¿Qué otra cosa puede decir esa “escritura en Cruz” que no sea una plegaria por nosotros mismos, por nuestro destino común y por la hermandad y emancipación de los pueblos americanos? No hay ambigüedad en esto: una plegaria popular siempre es orientación para un proyecto

domingo, 26 de junio de 2011

Otra brillante movida de la compañera Presidenta Cristina, conductora del proyecto Nacional y Popular:



La mentada injerencia de la Presidenta de la Nación en la designación del compañero de fórmula del gobernador Daniel Scioli es, en realidad, una clara demostración de la voluntad política de profundizar el modelo en marcha y de elegir, con determinación, los responsables de llevarlo adelante.
En primer lugar y aunque parezca contradictorio, esta decisión refuerza y consolida el voto peronista en la provincia de Bs. As., ya que vastos sectores del movimiento, que no terminan de digerir al actual gobernador y algunas políticas que guardan poca sintonía (¿resabios de los ‘90?) con el gobierno Nacional y siembran cierta desconfianza de cara a la perspectiva de consolidación del Proyecto N&P.
Pero, además, debemos reconocer los méritos del ex–interventor del COMFER y actual presidente de la AFSCA, quién se puso al hombro la titánica tarea de hacer realidad la nueva ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Detrás del compañero Mariotto hay una rica historia de militancia en el peronismo provincial. Es un compañero que hace años viene batallando en la dura tarea de romper el discurso hegemónico mediático, ya sea desde una FM, entonces ilegal, pero plenamente legítima, verdaderas herramientas de los que no tenían voz en los ‘80/’90, dando visibilidad a los trabajadores y los movimientos sociales que eran sistemáticamente “borrados” por los grandes medios de información. Los que trataron de demonizarlo por aquello son los que, entre otras cosas, le regalaron a Daniel Hadad la frecuencia de la radio pública de la CABA. O los que en el reciente debate en 678 con Beatriz Sarlo ocultaron intencionalmente la profundidad del planteo del compañero Mariotto, que con estilo jauretchiano señaló: …la matriz ideológica de la tilingería argentina siempre identifica a lo extranjero como lo mejor en detrimento de lo que generamos los argentinos… Quedaba así en evidencia como ciertos “intelectuales” de la cultura dominante aún hoy mantienen el vetusto “libreto” de la autodenigración como elemento fundante de su discurso y pensamiento.
Este compañero, maldito para la prensa hegemónica, al que le ponen rótulos pretendiéndolo presentar como cuña en el seno del peronismo, por ejemplo, llamándolo ”kirchnerista puro”, no nació a la vida política ayer, tiene –pese a su juventud- una dilatada militancia que hunde raíces en la heroica lucha de la Resistencia, la experiencia de los ’70 y la pelea contra el neoliberalismo.
En la figura del compañero Gabriel Mariotto -llamado a ejercer una responsabilidad de conducción tan importante como la Vicegobernación de la Provincia de Buenos Aires- muchos compañeros vemos un reconocimiento al compromiso militante y a la lucha contra la genocida política social y cultural de los 80/90, de la que muchos participamos.
Los peronistas que reivindicamos lo mejor de nuestra historia, recuperamos con Néstor Kirchner y ahora Cristina, la esperanza de seguir construyendo la revolución nacional, popular y democrática para profundizar la Justicia Social.
Bienvenida esta designación.
Venceremos.

sábado, 12 de marzo de 2011

Carta abierta en respuesta a la Editorial de monseñor Dr. José Luis Kaufmann, publicado en el Diario El Día del domingo 6 de marzo de 2011.

A monseñor Kaufmann, a la feligresía católica, a la población toda:

Hace ya un tiempo que dejé de leer el Diario El Día debido a la inclinación e interpretación de las noticias allí publicadas. No obstante, cada tanto no puedo abstraerme de leer alguna editorial relacionada con temas de actualidad y caras a la sociedad argentina; algunas pensadas por el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, las que me alejan cada vez más de la Iglesia Católica –son sus representantes directos, como autoridad eclesiástica-, por la lejanía manifiesta de los postulados del cristianismo.
El pasado domingo, por sugerencia de un amigo, no pude evitar la curiosidad de leer la editorial de monseñor Dr. José Luis Kaufmann, en la que se dirige “A quién corresponda” y más adelante puntualiza “…a los posibles promotores de la oclocracia”.
Ante mi falta de suficiente conocimiento de semejante palabrita (o palabrota, según se mire), primero concurrí a la ayuda de una enciclopedia para conocer mejor este sistema político, encontrando que es la interpretación aristotélica del gobierno de las muchedumbres, y algunas disquisiciones filosóficas y políticas que no es el punto discutir ahora; aunque sí lo hace monseñor, aleccionándonos que se trata de “el gobierno impuro de las plebes”.
Y es precisamente éste el punto que llamó mi atención.
Por tratarse de un alto representante de los principios cristianos –que, precisamente surge y sostiene el principio de reconocimiento y defensa de los pobres, es decir del pueblo-, de los que afirma estar convencido. Pero llamando “plebe”, término despreciativo proveniente desde la lejana Roma imperial, en la que se denominaba a los que no eran “gente”, considerados seres inferiores.
Monseñor Kaufmann pasa a describir distintos ejemplos de oclocracias a través de la historia, marcando siempre el daño de las muchedumbres que toman el poder político por medio de la fuerza, y “los ciudadanos de mayores merecimientos son excluidos de los cargos públicos”; continúa definiendo: “la oclocracia es el gobierno impuro de la plebe, es decir el poder abusivo que los más indigentes desenvuelven con daño evidente de los más esclarecidos de la sociedad. Dicho de otro modo, la oclocracia es la corrupción de la democracia.”
Y continúa: “la oclocracia ha sido instaurada, en general, mediante un régimen demagógico en que se olvidaron todos los derechos, menos los de la clase opresora, que estaba dispuesta a todo tipo de represalias para los que pensaban distinto. En toda oclocracia hay prepotencia, injusticia, falsedad.”
¿No fueron gobiernos impuros también, aquellos muchos surgidos de golpes militares?, ¿no gobernaron con poder abusivo los sectores más esclarecidos de la sociedad en esos períodos?; y ¿no fueron esos, gobiernos demagógicos que se olvidaron todos los derechos, menos los de la clase opresora, que estaba dispuesta a todo tipo de represalias para los que pensaban distinto?; ¿no fueron prepotentes, injustos y falsos?
Más adelante expresa: “Y ahora, en la Argentina de las manifestaciones y de los piquetes, donde la corrupción es la moneda corriente. ¿No estamos en un sistema oclócrata? ¡No lo sé! Pero, me atrevo a preguntarlo a los posible oclócratas y a los que sufren la proscripción y la persecución.”
Ahora bien, mis dudas aparecen cuando no logro comprender el mensaje principal de la editorial. ¿Es que acaso monseñor interpreta que todo gobierno en el que participa el pueblo (o la plebe), es oclocracia?. Cuando se pregunta si ahora, en la Argentina de las manifestaciones y piquetes, interpreta las manifestaciones y piquetes realizados por la llamada Mesa de Enlace?; y cuando afirma que la corrupción es moneda corriente, lo hace mirando algún distrito en particular?.
Si es así o es otra la referencia, no está clarificada. Pero dice no saber si estamos ante un sistema oclócrata después de insinuarlo con firmeza y se lo pregunta a los que sufren la proscripción y la persecución; otra vez entra en terreno difuso: quienes son los proscriptos en un país donde un vicepresidente que fue electo por una plataforma política y actúa en contradicción a sus promesas electorales y en contra del partido que lo ungió en el cargo, ¡y continúa ejerciéndolo!. Y ¿quienes son los perseguidos, en un gobierno que no ha reprimido absolutamente a nadie a pesar de recibir todo tipo de ofensas, acusaciones y oprobios, junto a boicot e intentos de desestabilización?.
Es entonces que monseñor está haciendo una fortísima defensa de las autoridades legítima y constitucionalmente consagradas, ante la posible barbarie de las patronales rurales y políticos trasnochados sin coherencia ideológica ni propuestas políticas en consonancia?
Si por el contrario, lo que intenta es involucrar al presente gobierno dentro de su frase de cierre “Si hubo o hay oclócratas que quieren gobernar, a pesar de su manifiesta incapacidad, conviene que tengan presente que serán los destructores de una nación que quiere ser Patria grande. La democracia tiene que ser una realidad y se necesita el aporte concreto de los pacíficos, de los honestos, de los buenos.”, en ese caso sería evidente que monseñor no se enteró de los tremendos cambios sociales producidos y del crecimiento sostenido de la macro economía argentina (a pesar de la crisis internacional que está haciendo tambalear a importantes países no oclócratas), así como la integración geopolítica a la Patria Grande sur americana.
Es llamativa la no referencia al asalto del poder producido en nuestro país y otros de sur América a manos de dictaduras militares, sangrientas y despóticas en décadas pasadas, de las asonadas militares y los intentos de desestabilización recientes. Es verdad, no la integraron muchedumbres ignorantes, “los menos esclarecidos de la Nación”, fueron élites sociales, las oligarquías de cada país; pero estas usurpaciones del poder, sí contrariaron grandemente los verdaderos principios cristianos.
Siento necesario e imprescindible que las autoridades eclesiásticas definan claramente su posición y abandonen posturas ambiguas que inducen a interpretaciones que pueden no ser las buscadas.
En ese sentido, sería gratificante que la feligresía católica y la comunidad en su conjunto –la plebe y los sectores más esclarecidos-, supiéramos con claridad cuándo un sistema es perjudicial y para quienes lo es. Es fundamental conocer cuando –según el criterio de monseñor- un sistema, según beneficie a minorías o a mayorías, es aceptable o repudiable.
Por fin, discernir sobre los perjuicios o expectativas que puedan generar distintos sistemas como democracia, oclocracia, plutocracia o dictadura son de importancia altísima, en cuanto se determinen expresamente los momentos, lugares y actores que lo protagonicen; si no se es lo suficientemente claro, tenemos el derecho de sospechar que se esconder aviesas intenciones, distintas a las pronunciadas con fervor divino.
El Concilio Ecuménico Vaticano II, desarrollado a través de dos papados (Juan XXIII y Pablo VI) en la década del ‘60, produjo un “aggiornamento” de la Iglesia Católica, acercándola a los pueblos, especialmente a los más olvidados. Esto es reflejado en encíclicas como “Populorum Progressio”. Muchos acontecimientos sucedieron en estos casi 50 años. ¿Que pasó para que representantes del clero hayan olvidado aquellos preceptos?
Las notas en forma de editoriales publicadas en medios de gran tirada, tienen la intención unívoca de influir conceptos en los lectores. Cuando, como en el caso de referencia, quién lo hace no se reconoce como “político”, pero desarrolla temas inherentes a la cosa publica, no está distraído, sabe fehacientemente a donde apunta. Esto puesto en mi personal consideración, me justifica en una respuesta o interpretación de lo allí escrito.
Dardo González

domingo, 20 de febrero de 2011

El Avión, la prepotencia y el servilismo vernáculo




Unos meses antes de las elecciones de Febrero de 1946, el embajador de los EE.UU. en nuestro país, Spruille Braden, solicitó una entrevista con el Coronel Perón, quien al cabo de unos pocos minutos de escuchar las demandas y promesas del imperio, que pretendía imponerle condiciones, a cambio de colaborar para hacerlo presidente, Perón respondió: "Yo creo que los ciudadanos que venden su país a una potencia extranjera son unos hijos de puta, y nosotros no queremos pasar por hijos de puta.".
Por estos días se armó una gran polémica a raíz de la firme decisión del gobierno nacional de hacer respetar nuestras leyes y soberanía, impidiendo que una delegación de la Fuerza Aérea de los EE.UU. ingrese mas de un tercio de la carga de un avión, de contrabando (armas, drogas, interceptores de comunicación, etc). Al igual que hace 6 décadas atrás, la prensa canalla –encabezada por el monopolio Clarín, su socio, La Nación, y el canal de Miami y la embajada C5N, con el coro de políticos opositores cipayos y genufléxos, se pusieron inmediatamente a defender la teoría de los yanquees (con la sóla excepción de Ricardo Alfonsín, que puso algún tipo de reparo, ante la evidencia de los hechos).
Ahora bien, que la corporación mediática, ponga el grito en el cielo y se acople a los intereses del imperio, no es nada nuevo y sorprendente, lo grave es que quienes pretenden transformarse en una “alternativa de gobierno” al actual proyecto Nacional y Popular, ni siquiera se preocupen por disimular su grado de servilismo cipayo –al mejor estilo de la Malinche- para con los amos del norte, y de esta forma en su alocada carrera por quedar bien con la embajada, no reparan en ponerse claramente en contra de una medida de estricta justicia y soberanía nacional, que debería ser una política de Estado, como las que tanto pregonan.
Por último, y por si todavía no se han dado cuenta algunos vendepatrias genufléxos, a partir de mayo de 2003, y recogiendo una de las banderas (soberanía política) mas caras a la tradición que nos legara nuestro conductor el General Perón, otro gallo canta en nuestra patria, primero con Néstor Kirchner, (ALCArajo) y ahora con Cristina Fernandez, nuestro país (junto con varios hermanos de la Patria Grande), ha decidido dejar de ser el patio trasero del imperio, mal que les pese, a la prensa canalla de los grupos concentrados, y a la caterva de cadáveres políticos, que luchan denodadamente por volver al neoliberalismo de la década del 90.

viernes, 4 de febrero de 2011

En la Argentina de Peron y Evita: ...los únicos privilegiados son los niños








En la argentina de Perón y Evita, los únicos privilegiados son los niños… Esta hermosa frase se anteponía a cada una de las obras con las que aquel gobierno peronista, dignificaba a los pibes a mitad del siglo pasado. En el convencimiento que allí debía estar la simiente que devendría en un futuro de felicidad y grandeza nacional.
Y esa verdadera política hacia la niñez y la juventud, fue tan prioritaria que se le dio rango jurídico en aquella inolvidable constitución que consagraba los derechos sociales para los trabajadores.
Como era previsible, una de las primeras medidas que adopto el gobierno fusilador (cívico militar), encabezado por Aramburu y Rojas, fue anular dicha constitución mediante un bando militar. A partir de allí se comienza un largo camino de destrucción nacional, en el cual nuestros niños y jóvenes fueron uno de los sectores mas atacados por los enemigos de la Nación. A pesar de ello, la obra del gobierno peronista fue tan importante, que se necesitaron muchos años de destrucción para llegar al grado de crisis que derivo en el estallido de Diciembre de 2001.
Sin duda alguna, el flagelo del neoliberalismo, en la década del 90, con su política de destrucción del trabajo, sumado a la falta de proyectos de vida y la instalación del consumo de drogas, alcohol incluido, fue el coctel que derivo en la desarticulación familiar con la consecuente secuela de violencia y delito.
Lo paradójico de todo ello, es que los mismos responsables políticos de esa debacle, con la complicidad de bastos sectores de clase media, que pusieron su voto de confianza sistemáticamente en ese proceso, hoy se convierten en los adalides de la solución al problema que ellos mismos crearon.
Así nos encontramos con sectores del mas rancio conservadurísmo oligárquico, que con su mejor cara de yo no fui , ofrecen sus consabidas recetas de mano dura (bajar la edad de punibilidad, mas represión etc.), para los jóvenes y niños, cuando en realidad la solución no pasa por convertirnos en un Estado mas represor, que aumente la dureza de las penas, todo lo contrario debemos alentar un Estado (como viene sucediendo desde 2003), mas inclusivo, que vaya lentamente articulando a las familias con mas trabajo, mas salud, mas escuela, en fin una Nación en la que volvamos a sentir el orgullo de decir… Que los únicos privilegiados son los niños.

domingo, 9 de enero de 2011

Lo Táctico y lo estratégico

“Todo el arte de la conducción en un país subdesarrollado, colonial o semicolonial, consiste en estructurar la fuerza liberadora sin despreciar ninguno de los factores de poder que contribuyen a la misma. Así la fuerza liberadora esta triunfante cuando logra unificar todas las fuerzas nacionales y populares, dejando en la vereda de enfrente, todas las crudas expresiones de la oligarquía y el imperialismo…”
Arturo Jauretche, revista QUE del 27/5/58. (del libro Combatiendo la “ignorancia aprendida” la prédica Jauretcheana en la Revista Que 1955/58. Cesar Tato DIAZ.

Traigo a colación esta cita del gran pensador Nacional, a propósito de algunas expresiones de cierto “progresismo” que pareciera no entender que el proceso iniciado en Mayo de 2003, necesita mayor consolidación. Quienes dicen estar de esta vereda, debieran despejar cierta rémora gorila antiperonista y evitar, en la actual coyuntura, hacer críticas furibundas (al mejor estilo Pinista, con una irresponsabilidad típica del intelectual inmaculado que se erige en fiscal de la gran política), hacia quienes hoy son actores importantes en determinados grados de conducción del proyecto Nac&Pop.
Y me estoy refiriendo al artículo del Domingo 2/1/11, en Pag. 12 de Horacio Verbitsky. Mas allá de la importancia en la denuncia del accionar de ciertas empresas multinacionales (NIDERA), que realizan prácticas laborales de super-explotación de los trabajadores rurales, típicas del famoso peonaje por deudas, pretendiendo funcionar como lo hacían en la 2da. Década infame Menemista. Hay todo un transfondo de la nota que hace un gran esfuerzo por involucrar al gobernador Daniel Scioli con dichas prácticas. (acá es preciso aclarar que muchos funcionarios de primeras y segundas líneas del gobierno actual: Anibal Fernandez; Julio Alak; José Pampuro y siguen las firmas) tuvieron distintos grados de responsabilidad en la gestión Menem; Duhalde, etc). A pesar de ello, la dinámica de la política hizo que hoy ostenten grados de responsabilidad y compromiso con el actual proyecto que esta en las antípodas del neoliberalismo de otrora. Paradógicamente de la nota de Verbitsky se desprende claramente que el éxito de ese operativo es producto de la rápida y eficaz tarea del fiscal de Investigación N’ 6 de San Nicolás: Rubén Darío Giagnorio, con la no menos eficaz acción del Ministerio de Trabajo de la Pcia. De Buenos Aires, a cargo de Oscar Cuartango. Por lo tanto mas que criticar (en este caso puntual) al gobierno Provincial, se debería resaltar su efectividad para poner fin a esa práctica de explotación laboral.
En consecuencia, habría que señalar que a este lento y difícil proceso de recuperación del proyecto nacional, iniciado en 2003 por el coraje y la profunda convicción transformadora de Néstor y Cristina, se lo sostiene con el protagonismo de la clase trabajadora; el Peronismo doctrinario que viene resistiendo desde el Menemato la política neoliberal, y los sectores populares (sobre todo la juventud), que no siendo peronistas, se identifican con esta nueva versión denominada, Kirchnerísmo. Si no entendemos esto, estaremos, siendo funcionales a la división del propio espacio, en consecuencia, por acción u omisión, contribuyendo al proyecto de la vieja y vigente política oligárquica, cipaya y vendepatria.

“la conducción de un movimiento liberador no debe confundirse con eso de juntar gente porque sí y con el olvido de lo fundamental: para qué se la junta, qué se debe hacer, y cuales son los medios de una política efectiva de poder. Porque la política liberadora puede teorizarse fuera del poder, pero sólo se realiza desde éste y éste exige tener conciencia de la fuerza del propio poder y de la fuerza de los otros poderes, internos y externos, que se le oponen…” Arturo Jauretche.

lunes, 4 de octubre de 2010

Cuando a Jesús le robaron su día

Capítulo V


A esa altura el peronismo había perdido totalmente la adhesión de la clase media y la idea de la pacificación se alimentaba en la observación, exacta, de que el país estaba dividido en dos. Había un nudo que cortar. Con la espada o con la inteligencia. A Perón faltabale el valor para la espada y la sabiduría para la inteligencia. La visión de la guerra civil, que el crecimiento del antiperonismo convertía en una amenaza real, lo abrumaba. Con una mayoría absoluta no habría guerra civil sino guerra de policía. Con el país dividido en dos, sí. En cambio la oligarquía se sentía alentada por la personalización de la lucha y la perspectiva del derrumbe del bando adversario con la sola eliminación de un hombre. La propaganda peronista, estereotipada, ya no impactaba más; en cambio sí impactaba la propaganda adversaria, renovada con el ingrediente religioso, incluso en el seno del peronismo.

La idea de la corrupción administrativa y la de la falta de libertad se habían inflado enormemente, hasta hacerse gigantescas, obsesionantes, ineludibles, hasta adquirir el carácter de hechos aceptados e indiscutidos. Ese mismo clima preludio la caída de Hipólito Yrigoyen en 1930. Un hombre con su carácter diametralmente opuesto al de Perón, austero y sobrio, y con mística liberal, fue igualmente tildado de tirano y de presidir un régimen de corrupción, de una corrupción casi preapocalíptica.

El peronismo no demostraba vitalidad. No había manifestaciones espontáneas en su defensa, ni peleas callejeras ni agitación popular. Las invocaciones al pueblo, a fuerza de repetirse una y mil veces, sin necesidad y sin consecuencias, habían perdido eficacia, fuerza de convicción. Mil veces se había citado al pueblo, se le había excitado, para luego recomendarle que fuera “del trabajo a casa y de casa al trabajo”.

El líder revolucionario, en definitiva, acaso por el militar que llevaba adentro, terminaba siempre invocando el orden y la disciplina. Por otra parte, la desgraciada conducción autoritaria y vertical rígida del peronismo había anulado toda espontaneidad. No solo faltaba libertad para la crítica; también faltaba libertad par el aplauso. Porque no había otras manifestaciones que no fueran previamente organizadas por los altos mandos de la C.G.T. y el partido. Todo reglamentado. Y lo curioso y paradojal es que la victima de esta “dictadura” es el propio peronismo, no sus enemigos. Así se producía este hecho sorprendente: que gozara de más libertad el antiperonismo que el peronismo. Por todo esto, en el momento decisivo Perón no contaba con el respaldo y la colaboración de una poderosa organización política. Y lo que era un problema colectivo, se convertía en problema personal. Mucho problema para un solo hombre y mas cuando ese hombre no tiene la energía, la mística de un verdadero luchador político y el valor de llegar al sacrificio de si y de los demás en defensa de una causa. Perón quería seguir jugando al 17 de octubre cuando ya entraban a jugar las ametralladoras.

* * *

El peronismo no solo afecto a la oligarquía, sin eliminarla, sino también a la clase dirigente argentina, sin tampoco eliminarla. Conservadores, radicales, socialistas y comunistas, vieron en el peronismo, no al rival con quien compartir el poder o alternárselo, sino al enemigo frustrador de todas sus esperanzas y posibilidades. El peronismo los condenaba a vegetar.

No los destruía ni les daba posibilidades de éxito; tampoco les ofrecía perspectivas de integración, pues el culto hacia que en el peronismo no hubiera cabida jerárquica para nadie. Por eso eran todos enemigos absolutos; tanto el conservador Solano Lima, como el izquierdista Frondizi. En sus planteos públicos, en sus actitudes y lenguajes ignoraban el trasfondo social del problema que enfrentaba el país. Por lo general solo hacían referencia al especto político, justamente aquel en que el peronismo era débil y vulnerable a la crítica. La crítica económica carecía de seriedad. ¿Cómo se producía esta ceguera real o fingida?… Nadie por cierto discutiría la doctrina de la justicia social, nadie impugnaba la soberanía popular -esencia de la democracia-, nadie se oponía al desarrollo industrial. Simplemente lo negaban. Negaban que el país avanzara; que se hubiera elevado el nivel de vida. Negaban el ascenso social, económico y político de los trabajadores. Todo eso era demagogia, apariencia. Los obreros eran engañados, el nivel de vida “ficticio”, el desarrollo industrial carente de base. La inflación había descapitalizado y empobrecido aun a quienes aparentaban haber prosperado y poseer mas bienes. Todo era pura apariencia, producto del increíble poder de seducción de Perón y de su propaganda (¡justamente de su propaganda!) Y si alguna cosa positiva no se podía negar, o bien era obra “de los tiempos”, o bien un beneficio circunstancial de osadas violaciones a las sacras leyes de la economía que abreve plazo nos castigarían fulminándonos con una implacable miseria. Perón carecía de ciencia. Porque en este republica todo progreso es hereje y ficticio. Y solo la miseria es científica, ortodoxa y real.



Cada vez que adelantamos transgredimos las leyes del universo; cuando vegetamos estamos en regla, cumplimos con todos los principios, doctrinas y ciencias.

Jamás admitieron ni como legitimo ni como real el papel revolucionario del peronismo. Las escuelas creadas carecían de valor porque en ellas se enseñaba que Perón era un prócer. Sarmiento construyo dos escuelas y se convirtió para toda la eternidad en “el gran Sarmiento”. Perón construyo miles de escuelas y por creerse “el gran Perón” era un miserable.

Hasta las obras materiales, aquellas que por estar hechas de hierro, ladrillo y cemento parecerían imposibles de negar, eran consideradas simples recursos propagandísticos. No contaban las obras sino el cartel “Perón Cumple” con que eran adornadas; las obras eran un pretexto para colocar el cartel, o un pícaro recurso para mantener la plena ocupación de la mano de obra. Como en la filosofía de Berkeley, nada era realidad y todas visiones provocadas por un taumaturgo hipnotizador de multitudes. Era sí “real”, la “ruina” del campo por la emigración de los “cabecitas negras”.

Si todo el progreso era ficticio, si el mismo pueblo que llenaba Plaza de Mayo y aplaudía, y gritaba “la vida por Perón”, o sea el presunto beneficiario del peronismo era victima de un engaño. Si el país se estanco, el campo se arruino por abandono, y la industria estaba destinada a desaparecer por carecer de fundamentos económicos, etc., ¿Por qué habría de soportarse el despotismo de Perón?…¿Por qué admitir su liderazgo?… ¿Con qué justificar los homenajes?
Si la revolucionaria reforma bancaria que posibilito tantas realizaciones, no era mas que “el robo de dinero de los particulares por el Estado”, según dijo en su discurso de respuesta Luciano Molinas, ¿qué había de positivo en el peronismo?…

Sobre esa base de negación era estéril el dialogo, imposible la convivencia, ilusoria la pacificación. No hay pacificación sin aproximación, sin esfuerzo de comprensión. El acercamiento entre peronismo y antiperonismo debía partir del reconocimiento de la obra peronista, para luego señalar las deficiencias. En ninguno de los discursos que se pronuncian como respuesta al llamado presidencial, se le reconoce al peronismo ninguna obra efectiva.

Perón, por su parte, omite un examen de conciencia una necesaria autocrítica. Y asi, en ese trimestre decisivo, el forzado dialogo entre peronismo y antiperonismo parece un dialogo entre sordos. Cada cual habla de lo suyo e ignora olímpicamente al adversario.

El peronismo le esta pidiendo a la oposición que le permita consolidarse, que acepte el hecho consumado de la revolución popular, a cambio de lo cual ensanchara la legalidad y perfeccionara la libertad política. El antiperonismo, instrumentado por la oligarquía, solo piensa en la destrucción del peronismo, y las dificultades de este, solo sirven para excitar sus ambiciones. No medita en términos nacionales sino partidarios. Las consecuencias nacionales de la probable caída del peronismo no le preocupan. Solo ve la perspectiva de la sucesión.

Eje de esta conducta es el partido conservador, lo cual tiene su lógica.
No la tiene con tanta, en cambio, que partido populares y políticos d izquierda hayan entrado en ese juego y se hayan alineado de acuerdo al esquema político y moralista trazado por la oligarquía, en vez de ahondar en la realidad económico-social.

El partido socialista, híbrido trasplante del socialismo europeo, partido sin alma nacional, sin comprensión telúrica, esta obturado por: a - su falta de base obrera; b - su adhesión al liberalismo económico.

El partido radical, principal aglutinamiento de la clase media por el rencor y los celos hacia la clase obrera y por su sentimiento de partido desplazado.
Los comunistas y los principales núcleos de izquierda, que miran al país desde el universo y no al universo desde el país, por su empacho de materialismo histórico, que frecuentemente no les hace entender nada de nada.

La perspectiva de la caída de Perón los llenaba de esperanzas a todos en cuanto a la posibilidad personal. Era, en definitiva, una clase dirigente, mediocre y arrinconada, que esperaba su hora y servia de instrumento a los intereses económicos.


Agradecemos a Diana Ferla (hija de Salvador) por acercarnos este material inédito.


Texto gentileza de Pensamiento Nacional


Fuente Agenda de Reflexión.

Cuando a Jesús le robaron su día

Capitulo IV

La Pacificación

En Julio Perón hace un llamado a la pacificación. Quiere exhibir nobleza y magnaminidad. No capta la agresividad y la firmeza del adversario. No percibe la intensidad del odio que le profesan. No mide el absolutismo de la oposición económica, ni la realidad de su deterioro personal. El conflicto religioso y sus excesos de lenguaje le han creado un complejo de culpa. Y quiere apaciguar. Quiere conciliar. Quiere aplacar a un adversario que esta animado de una decisión irrevocable. Perón es superado y entra dócilmente en el juego del enemigo que es al mismo tiempo el autor de la guerra y de la “pacificación”.

Su psicología ha sido muy bien estudiada. Narciso no tiene cualidades de tirano. No tiene la dureza, la impiedad de un Lenin o Stalin. No tiene la mística de un Hitler o un Fidel Castro, ni el temple de un Rosas, ni la guapeza bravía de un Quiroga. Noe es capaz de sacrificar las vidas humanas por una idea, como los revolucionarios franceses, ni a un destino personal como Napoleón. Ni es capaz de sacrificarse a si mismo luchando o con un suicidio arrogante como el de Getulio Vargas. Ni siquiera tiene la petulancia de Arturo Frondizi.

No, Perón, sensual, hedónico, se moverá al estimulo del perfume de incienso de la adulación; cuando eso le falte, cuando todo se vuelva dramático y adusto se sentirá desfallecer.

Perón estaba asustado, impresionado por el bombardeo y por el hecho de que el adversario lo llevara a un planteo bélico. Y su llamado a la pacificación era u signo de debilidad, no por insuficiencia d razones ni por falta de medios de defensa, no. Le sobraban razones y fuerzas militares; era una debilidad psicológica y espiritual la suya, era la debilidad de un hombre que no puede ajustarse a las circunstancias y que no puede pensar ni actuar en términos de dramaticidad. Perón escapa a la invitación al drama. Hemos dicho en “Mártires y Verdugos” que vive mentalmente en un mundo de juguete y se siente el Peppone que debe enfrentar a Don Camilo, severo pero bondadoso. Perón no destruyo a la oligarquía porque no era hombre capaz de destruir. La atacó, pero psicológicamente la necesitaba. Como Cesar necesitaba a Pompeyo, como Don Quijote de los molinos de viento. La necesita como dialogante para la representación de su papel. Pero a su dialogante le han dado de pronto arrebatos demoníacos, y ha cubierto Plaza Mayo de cadáveres. Anteriormente había cubierto el país de calumnias, de falsedades, de leyendas. Pero eso a Perón no lo conmovía; hasta le parecía una fase natural del juego que ambos, Perón y oligarquía, desarrollaban. Las calumnias y difamaciones de la oligarquía eran la contrafigura, la replica relativamente lógica de la predica y las realizaciones de Perón y de su lenguaje combativo e incitante. A mayor reforma social mayor dosis de calumnias, para repudiarlas, desfigurarlas o negarlas. A mayores incitaciones antioligarquicas, mayores incitaciones antitiranicas. Así era el juego. Perón suponía que siempre seria así, que nunca desbordaría esa fase. Y ahora de pronto el adversario rompe las reglas, pone en escena a la muerte y lo enfrenta con la realidad de los cadáveres y del fuego mortal. Plaza de Mayo poblada de cadáveres es la contrafigura siniestra de Plaza de Mayo poblada de voces y gritos entusiastas. Le han matado a la multitud, le han silenciado el coro. Por donde subía el incienso alentador, vivificante de la adulación, sube ahora el olor a carne putrefacta. A un Perón lleno de vida le han mostrado el cementerio.



Para colmo el adversario, ese mismo adversario que ha quemado viva a la multitud en la plaza, ese adversario que un año después demostrara hasta que punto es capaz de sembrar la muerte alevosa y organizada, le hace la burla inmensa de llamarlo “tirano sangriento”. ¡A él, que es capaz de ponerle su nombre a todas las calles del mundo pero es incapaz de dirigir una matanza, de firmar una muerte!

Ese adversario que ejercerá la tiranía en nombre de la libertad, ensangrienta al país llamándolo sangriento. Le transfiere su criminalidad. Perón no podrá en ningún momento superar esta inteligencia del adversario. Su falta de mística y su abrumadora vanidad lo limitan, le impiden que sus insuficiencias sean cubiertas por otros. Eliminada la imagen del 17 de octubre, destruida la multitud como factor político, Perón esta perdido. El adversario demostrara una amplia superioridad, un dominio absoluto del campo de juego. Impresionado e intimidado, ofrece entonces la “pacificación”, actitud equivoca y estéril que es el comienzo de su capitulación. La “pacificación” será el caldo de cultivo de la victoria oligárquica; la victoria que no obtendrán en la guerra la obtendrán con la “pacificación”. (Similar al destino argentino de ganar las guerras y perder las paces).

¿Qué es la pacificación?… Este concepto tiene históricamente un significado cínico y policial, que es el que se registra con mas frecuencia, que consiste en destruir a los agitadores, no la causa de la agitación, mediante el terror, el castigo, o la eliminación lisa y llana. Durante la guerra de la independencia España mandaba expediciones a “pacificar” las colonias. Inglaterra “pacificaba” a la India con bombas, balas y arrestos en masa. Mitre organizaba expediciones militares para “pacificar” el interior. Y ya sabemos que significaba “pacificar a los indios”.

Y hay también un segundo significado de pacificación, moral, difícil y escaso que consiste en eliminar las causas de la contienda y no a los contendientes, acercarse psicológicamente al adversario, eliminar factores irritativos, renunciar en parte a los propios objetivos para acercarse a los del adversario. En fin, contemporizar con miras a comprender, y a unir.

La pacificación a la que se refería Perón era indudablemente esta. ¿Y qué ofrecía como prenda de paz? La cesación del estado revolucionario, la normalidad administrativa, la vigencia estricta y leal de la Constitución. Implícitamente reconocía Perón que el país no había vivido en un régimen de normalidad institucional estricta y prometía instaurarlo. Pero eso significaba la consolidación y estabilización del peronismo y contra esa posibilidad se alzaba el adversario. El antiperonismo no podía aceptarlo, su propósito era destruir al peronismo y eventualmente ejecutar su propio plan de “pacificación”, el de la pacificación policíaca. Por ahora solo le interesaba la “pacificación” como elemento de desarme espiritual del peronismo, luego la querrá para su propia consolidación.



A un enemigo que inicia la guerra ofrecerle la paz es concederle la mitad de la victoria. La “pacificación” anulaba la posibilidad de lucha, acentuaba el desarme espiritual frente a un enemigo aguerrido, exageraba el peligro de una guerra civil y daba sensación de culpabilidad.

¿Podía ser esta la respuesta al bombardeo?…

Perón y el peronismo habían sido muy bien estudiados por la oligarquía y su ofensiva parte de dos descubrimientos: la incapacidad de Perón para encarar otra política que no fuera la política de masas, y su ausencia de mística. Si el objetivo del bombardeo había sido el desarme espiritual de los obreros, Perón secundaba el propósito con la oferta de paz.

Acaso el desarrollo del conflicto religioso, con su lenguaje torpe y ofensivo, la picardía de la bandera quemada, la certeza de tener colaboradores venales y corruptos le habían creado un complejo de culpa que presionaba subconscientemente para promover actitudes conciliatorias.

El antiperosnismo había abierto las hostilidades, había iniciado la operación derrocamiento y no la iba a suspender por ofertas de coexistencia ya rechazadas anteriormente. Antes cada oferta de paz le parecerá un síntoma de debilidad y le alentara a seguir la lucha hasta la victoria final.

A la oferta de paz los dirigentes antiperonistas contestaran con un recitado de exigencias, sin ofrecer de su parte absolutamente nada. Los más honestos no creen en la posibilidad de una solución conciliatoria y los que conspiran se dedican a asesinar policías, para mantener el clima también.

Mientras esto sucede en la cúspide ¿qué pasa en la base?… El país esta fatigado de tantos años de tensión, y desea la paz, la paz a toda costa. La desean peronistas y antiperonistas. Y como la imagen de insensibilidad se ha transferido de Perón a sus adversarios, piensan, a veces razonadamente, y otras inconscientemente, que la solución esta en la caída de Perón. No existe la conciencia mayoritaria del enfrentamiento ideológico y económico-social. No se enfrentan dos sistemas, dos concepciones, dos mundos. No se ve el intento retornista del régimen sepultado (pero no muerto) por la revolución del 17 de octubre. No se ve el incuestionable fondo de revancha social, de lucha de clases, que domina la situación, ni los peligros de derrumbe nacional que hay en el buscado derrumbe del peronismo.

Todo gira aparentemente en torno a Perón. Es una lucha entre el “que grande sos” y el “que tirano sos”. Para muchos el peronismo solo consiste ene. Culto a Perón, las coimas, los negociados, el despotismo, y eso es lo que piensan que “caerá”. Piensan que es la lucha entre la marcha peronista y la marcha de la libertad. Hasta los comunistas se alinean asi, en una postura netamente antimarxista y chapucera. Pero Marx no ha existido en vano. Y cualquiera sea la posición frente al marxismo, hay que convenir de que sin Marx es hoy absolutamente imposible entender la historia. Aunque es frecuentemente que los marxistas, por abuso de doctrina, lo obscurezcan todo al ignorar el alma humana y los factores espirituales. Una minoría ve con claridad y se muerde impotencia. Hay en la situación elementos de fatalidad que la hacen dramática. A esa altura ni peronismo ni antiperonismo pueden modificarse. Y la revolución contra el peronismo triunfara por no poder realizarse la revolución dentro del peronismo.

El país ansiaba la paz, la serenidad. La oligarquía tiene la gran habilidad de perturbar para aumentar esa ansia de paz, de crear tensión, para luego presentar la tensión como causa de la insurrección. Y no tendrá sobre Perón un triunfo militar. No ganara la guerra. Ganara la “pacificación”. Volverá al poder escondida dentro del caballo de Troya de la “pacificación”. En ningún campo puede ganar una guerra abierta, ni en el militar, ni en el electoral, ni en el ideológico. Puede sí ganar en el campo de la tramoya, del embrollo, de la acción psicológica. Y gana.

El país ansiaba la paz, la serenidad. La oligarquía perturba, agita, para aumentar esa ansiedad. Crea la tensión para luego presentar la caída como una necesidad para la distensión y la normalidad. Una de las causas que invocara para la arremetida final del 16 de septiembre será la de “pacificar” el país.

Sobre la base de la incapacidad de Perón para despersonalizar al peronismo y hallar nuevas técnicas, nuevos métodos de acción política; sobre la convicción de que la modalidad peronista ha perdido eficacia, y sobre la base de la ausencia de crueldad en el carácter de Perón y su falta de beligerancia, la oligarquía prepara sabiamente las condiciones de su batalla final. La natural propensión a la paz y la tranquilidad del pueblo será estimulada con un clima de tensión y de violencia para crear la necesidad de la pacificación, para hacer aparecer a Perón como causa de su estado de tensión y por consiguiente su eliminación como el único remedio, la única solución para volver a la normalidad. Perón al ofrecer la paz entraba en ese juego. El terreno de la pacificación era el de su derrota, era el de su propio desarme espiritual frente a un adversario cada vez mas aguerrido.

El ansia de paz es el sentimiento dominante en la población, lo mismo que cierta convicción sobre la práctica de un despotismo vano y la idea de la corrupción administrativa.

Perón esta desarmado porque se ha extinguido el efecto psicológico del 17 de octubre y el culto a su persona no puede recrearlo. Por eso el peronismo se vuelve anacrónico, aburrido, ineficaz. Aburrida la propaganda, aburrida la amenaza de la fuerza popular, aburrida la apología. El peronismo, como ideología reformista, no como sistema social, no como régimen económico, el peronismo político psicológico ha envejecido. Ha envejecido su frágil estructura espiritual. Ha envejecido la “picardía” de Perón y su vanidad, su egolatría, a la cual desgraciadamente esta atado el régimen. Ha envejecido la política de masas como política exclusiva, la cual puede darse únicamente acompañada del terror. Otros ególatras duraron veinte o treinta años en el poder, pero eran tiranos. Perón no lo era, y porque no lo era pudieron voltearlo a los nueve años. A Hitler le iban a bombardear Berlín sus propios aviones. Y de haberse dado el absurdo de que sucediera, los hubiera fusilado a todos y no hubiera sobrevivido un Zavala Ortiz para darse corte.

Cuando a Jesús le robaron su día

Capítulo III

Peronismo

Saltar por sobre un problema no es lo mismo que resolverlo. El resuelto desaparece, el saltado, vuelve. El peronismo había “saltado” varios problemas fundamentales, los problemas volvieron para ponerlo en crisis. Uno de ellos era el de la organización política, la formación de una nueva clase dirigente y la creación de un mecanismo propio de renovación sin el cual ningún régimen puede perdurar. En la hora critica del 55 el mecanismo de renovación habría salvado al régimen, pero no existía. Perón no lo creo favoreciendo así a la oligarquía, a una oligarquía subsistente, a quien le resultaba mas fácil combatir a un hombre que a un conjunto o a un sistema con dirección renovable y no personalizada. Dice Ernesto Palacio que uno de los signos de que una revolución no se ha consumado es la perduración de la tensión y el desorden. Después de 10 años de gobierno peronista no solo subsistían la tensión y el desorden sino que la situación política permanecía inmóvil, petrificada a la altura de 1945. Mientras en el orden económico-social el país se había reformado, en el campo político seguía el esquema Perón-Unión Democrática (la unión democrática de hecho existió siempre en torno al partido Radical) La oligarquía estaba viva; no había sido ni destruida ni bautizada, y con sus poderosos recursos mas los de sus aliados extranjeros alimentaba el antiperonismo político. Esto hacia que el gobierno viviera en una roca movediza.

La subsistencia de la oligarquía señalaba una falla imperdonable en la política económico-social, y la presencia del antiperonismo daba la pauta de un fracaso. Al respecto debemos prevenir sobre juicios superficiales. La destrucción de la oligarquía no implicaba, necesariamente, la liquidación de la propiedad privada, ni la destrucción del antiperonismo la supresión de los partidos políticos. Debía liquidarse a esa oligarquía, a ese grupo social especifico, al margen del criterio revolucionario en materia de reformas. Así también debía destruirse a la oposición que había combatido el nacimiento del peronismo, a la que era fundamental y doctrinariamente antiperonista.

En Francia, durante la restauración, había quien proponía reemplazar a los borbones por una nueva dinastía que no tuviera rencor hacia la revolución republicana ni venganzas que ejecutar, una nueva monarquía que no considerase la Constitución como una concesión hecha al pueblo sino como el origen de su poder.

Una revolución necesita de un dogma inicial, fundacional. Si se quería llegar al partido único, debió haberse actuado en ese sentido; y si se quería mantener la pluralidad de partidos, deben de ser partidos que aceptaran el hecho consumado de la revolución peronista. La proscripción del peronismo, a partir de 1955, tiene ese significado. El régimen da libertad por vía de acatamiento al régimen, o sea previa profesión de fe democrática tal como entiende la democracia el liberalismo económico.

La picardía no sustituye a la sabiduría política. Así como había planes quinquenales en economía, debió haberlos en política. Es que en economía Perón podía avanzar, en política lo trababa su narcisismo.

El repertorio peronista esta gastado. Durante 10 años ha dicho los mismos temas, ha señalado los mismo enemigos. Decirle al pueblo en 1955 que el enemigo es la oligarquía, el mismo enemigo de 1945 es desalentarlo y confesar un fracaso.



Así como el general elige el lugar conveniente para librar la batalla, la oligarquía había elegido “la hora” conveniente. Diez años de tensión, de tensión estéril habían fatigado al peronismo, al país,… y a Perón. Después del bombardeo el anhelo de era la paz. Y en un ambiente dominado por esa ansiedad de paz llegaba la hora de la definición revolucionaria.

La hora ha sido elegida con sabiduría. Perón esta a punto de resolver los grandes problemas del país: autoabastecimiento de combustible y puesta en marcha de la siderurgia, con lo cual se podría mantener y aun acrecentar el nivel de vida y disminuir la dependencia nacional de los factores externos. Pero al mismo tiempo el peronismo esta gastado en sus hombres, en sus métodos, en sus temas. Por eso la oligarquía actúa con sutil duplicidad: por un lado agita, caldea, excita; por otro reclama la pacificación.

Se ha dicho alguna vez de Inglaterra que pierde todas las batallas menos la ultima. Los intereses afectados por la revolución peronista, -a los cuales estaba asociada Inglaterra- habían perdido todas las batallas parciales, pero preparaban la batalla final.

El mandar y disfrutar solo del poder y la gloria tiene un precio: estar solo en los momentos críticos y cargar solo con toda la responsabilidad. Perón estaba solo en esta encrucijada, y ese era el precio fatal de su liderazgo absoluto. El partido peronista no desarrollaba otra actividad que el culto a Perón. No existía como organización política, ni como escuela de dirigentes, ni como centro de irradiación ideológica. Alabar a Perón y cubrir con esa alabanza la lucha de posiciones, era la única actividad partidaria. Es cierto que los partidos políticos adversarios no exhibían mayores calidades pero ellos no hacían una revolución ni debían sostenerla, el peronismo si.

La C.G.T. estaba burocratizada, y por el mismo motivo, el de estar dedicada al culto, carecía de vida, de autentica vida como organismo, y sus aptitudes como instrumento de lucha estaban por eso muy disminuidas. En igual situación se hallaban los bloques legislativos. Es decir que el peronismo se hallaba siempre, a pesar de los años, como si se iniciara. Y sus organizaciones de sustento, partido, C.G.T., legislatura, estaban incapacitadas para buscar y encontrar la solución a la encrucijada. Perón y únicamente Perón debía enfrentar el problema.

Es lógico que cuando un solo hombre debe resolver un problema publico de magnitud, la preservación de interés general esta expuesta a las reacciones emocionales del hombre, a su estado psíquico, a su salud. El adversario sabía que Perón era incapaz de crueldad y de presidir una lucha armada; era lo que ellos llamaban “su cobardía”. Sabían también que toda la lucha armada aparecería a los ojos de la opinión pública como una cuestión personal. Y es dura arriesgar la vida de un hombre, por mas amado y símbolo que sea.

El destino del país estaba pues en manos de Perón, y Perón no estaba convencido de que se jugara el destino del país; creía en la irreversibilidad del proceso histórico, sin advertir que la historia se mide por siglos y no por decenios; los siglos no pueden repetirse ni anularse, los decenios, si.

El bombardeo lo conmovió profundamente; sus adversarios difundieron “que se asusto”, con la intención de disminuirlo. Acaso políticamente sea el asustarse signo de debilidad o insuficiencia, pero moralmente es mas honroso el “susto” de Perón que la guapeza del que realizo el bombardeo.

La respuesta adecuada y positiva a la incitación del 16 de junio estaba condicionada por dos hechos: el crecimiento del antiperonismo, que había llegado a abarcar la mitad del país, y la falta de solidez y de organicidad de las estructuras políticas del régimen, la falta de un mecanismo de renovación y la dificultad para sobreponer la acción doctrinaria al culto personal.

Perón se creyó en la alternativa de profundizar la revolución, terminarla, o consolidarla en el nivel alcanzado. Quizás a esa altura era imposible consolidar la revolución sin profundizarla.

Para el primer caso era necesario reprimir la oposición en todos los frentes: militar, político, económico, ideológico y espiritual; implantar la dictadura, armar a los obreros y proceder a la expropiación de la propiedad oligárquica.

Es tan difícil hacer una revolución como defenderla y la consolidación requería tanta energía como la continuación revolucionaria. En el caso de optar por la segunda solución era indispensable una acción firme y rápida para institucionalizar el peronismo y hacer un cambio de guardia, reemplazando a los hombres gastados por hombres nuevos, con lo que se le quitaría al adversario el recurso superexplotado de la crítica personal. Perón intuyo mucho de esto y la renovación de sus ministros y autoridades partidarias estuvo inspirada en este pensamiento. Pero no seria su propia quemadura.



Si, Perón estaba quemado y no tiene importancia que mantuviera su popularidad entre los obreros. Estaba quemado como elemento útil a la causa nacional. Estaba quemado porque la contrapartida del culto a su persona era el culto del odio a él, que practicaban sus enemigos. La contrapartida del monopolio de la gloria estaba en el monopolio de la responsabilidad y de los ataques personales. En 1955 el culto a Perón solo beneficiaba a la oligarquía.

Pero el líder no tiene sustituto. Nunca lo ha tenido; no hay un solo caso histórico de líder de repuesto, de vice líder que en determinado momento lo sustituya. Este es el problema importante e insoluble del liderazgo absoluto.

Esta observación del desgaste de Perón es la constatación de un hecho, no la premisa de una solución. Perón no podía renunciar (Yrigoyen delego el mando en el vicepresidente y son eso no paro el golpe). Primero porque no tenia sustituto, segundo porque su renuncia no habría evitado el derrumbe del peronismo.

La ofensiva no se detendría con la cabeza de Perón. Anulado Perón el adversario querría también anular al régimen de Perón (como que ese era su fin) y le vendría mas fácil. Cualquier sustituto realmente peronista de Perón provocaría la continuación de la guerra. Perón estaba irremediablemente atado a su puesto. El líder muere o cae, pero no renuncia. El destino del país estaba en sus manos pero nadie puede predecir si su resolución, aunque fuera la mas adecuada, hubiera modificado o no, el curso de la historia. Renunciamos a profetizar el pasado y a la pedantería de pretender saber exactamente que debió hacer y cual habría sido el resultado. Eso si, nos parece evidente que la posibilidad peronista, sin aventurar su resultado, consistía en retomar la iniciativa, en lanzarse a una vigorosa ofensiva en todos los frentes. Había que conocer la realidad e idear el antídoto, para cada aspecto de la acción adversaria. Nos parece también que las bases debían ser estas:

Renovación total de los equipos administrativos y de conducción estatal y partidaria.

Jerarquizar a un grupo de hombres insinuándolos como posibles sucesores. Dar la sensación de poder compartido e institucionalizado.

Despersonalización de la propaganda, poniendo el acento en la obra realizada y en la ideología.

Reconocimiento de los errores cometidos, de los verdaderos errores, individualizar y castigar a los funcionarios deshonestos.

Una acción espectacular en este orden habría sido su ofensiva de propaganda inteligente, exponiendo la obra peronista, y desenmascarando las intenciones adversarias, describiendo las consecuencias de una posible caída del régimen.

Darle vida a los organismos partidarios promoviendo el debate y la critica interna. Libertad de prensa y al mismo tiempo enérgica represión de la conspiración.

Fusilamiento de los principales responsables del bombardeo aéreo, pero ineludiblemente en el marco de una acción total, no como medida única ni aislada. De lo contrario habrían sido contraproducentes y habrían fortalecido la imagen de la pregonada “tiranía”.



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Cuando a Jesús le robaron su día

Capítulo II



El incendio y las vísperas

En medio del hastío general, de la contemplación extrañada de un pueblo ajeno, al que todos los sucesos le resultaban enigmáticos, el gobierno iba a realizar solemnes ceremonias de desagravio a la bandera. A pesar de lo mezquino, era al fin, un recurso pacifico y civil de la lucha política. El sector militantemente católico de la población estaba exasperado y los cerebros de la conspiración debían utilizar ese clima psicológico para intentar el golpe. Los grupos nacionalistas resultaban un factor decisivo, porque a la frialdad de la conspiración le traían su pasión, su guapeza, su mística.

Para ese día había sido programado un golpe subversivo, con participación naval, de la infantería de marina y de algunas unidades del ejército. El objetivo era matar a Perón y todos sus ministros, durante la habitual reunión de gabinete de los miércoles. Objetivo por el cual estaban rezando a Dios en la procesión del Corpus.

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La encrucijada

Una de las características primordiales de la mecánica histórica consiste en la respuesta a los estímulos. El 16 de junio era un hecho altamente incitante y debía, por lo menos, abrir un amplio cauce a la meditación. El país se hallaba en una encrucijada, y nuestros hombres públicos sometidos a la presión de circunstancias excitantes y trascendentales. Los 90 días que mediaron entre el bombardeo aéreo y la insurrección del 16 de septiembre fue el plazo que dio el destino para que se descubriera en la encrucijada estratégica, cual era el camino de la salvación y la grandeza. Cualquier error llevaría al desastre, hundiría al país en un pantano del cual seria difícil salir. Gobierno y oposición se hallaban sometidos a una prueba histórica. Lo sucedido debía conmover profundamente a quienes tenían responsabilidades públicas y provocar un sinceramiento, una superación del sentimiento personal en bien de la comunidad en peligro.

Nos parece que una repentina masacre aérea por obra de la propia aviación, es un hecho lo suficientemente grave, intenso, como para tocar la sensibilidad de cualquier clase dirigente, por mas envilecida que este. El bombardeo había sido una irrupción de la volcánica realidad subyacente, ya mismo tiempo una advertencia, un llamado a la reflexión.

Si el país estaba envenenado por confusión y la exasperación de los sentimientos, el antídoto correspondiente era un serio esfuerzo de sinceramiento y serenidad. El bombardeo convertía en real y próxima a la posibilidad de la guerra civil. Ante estas todas las fuerzas políticas actuantes debían efectuar un examen de conciencia.

Las llamaradas del fuego que al atardecer del 16 de junio quemaron hombres e iglesias, debieron haber llevado al corazón de los dirigentes un soplo ennoblecedor de heroísmo, de grandeza. Debió haber avivado el espíritu publico, la vocación de servicio, aunque mas no fuera que por imperio del instinto de conservación. El fuego hacia un contundente llamado a la reflexión.

El hecho trágico, abrumadoramente trágico del 16 de junio, señalaba lo peligroso que es exasperar los sentimientos en forma indefinida y mostraba que por debajo de la certeza donde se desarrollaba la lucha política, con su guerra de lenguaje y su picardía para usa a Cristo y a la bandera, había una realidad volcánica, capaz de irrumpir en cualquier momento, y provocar actos monstruosos como el bombardeo aéreo.

Esa realidad subterránea consistía en la vieja lucha del imperialismo y sus nativos asociados, contra toda política nacional, y en este caso contra la soberanía popular. En esa realidad estaba el odio de la oligarquía al pueblo y el deseo de modificar los términos de distribución de la riqueza, suprimiendo la justicia social. Esa realidad es difícil de percibir, y esta encubierta por la lucha aparente contra la dictadura. El poder personal de Perón no era objetivamente muy superior al que en su tiempo tuviera el general Roca o Hipólito Yrigoyen, únicamente había diferencia de estilo, que hacia la autoridad de Perón mas ostensible.



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El episodio del 16 de junio había elevado al ejército como factor político, y había disminuido el de los sindicatos y la multitud. La rebelión había sido sofocada pura y exclusivamente por el ejército, y el ejército aparecería como único sostén del gobierno. La imagen coercitiva del 17 de octubre, la imagen del pueblo congregado, comenzaba a desteñirse y a perder gravitación psicológica. Los obreros habían sido llamados a Plaza Mayo, y el resultado había sido la masacre, la situación tragicómica e irritante de ir con palos a pelear con aviones. La clase obrera fue eliminada de la escena y no se le permitiría volver. El bombardeo tuvo un enorme efecto desmoralizante sobre los obreros, tal como habrán previsto sus autores. Se disipo la sensación de omnipotencia surgida el 17 de octubre y afloro la sensación de que los nuevos protagonistas de la historia eran las fuerzas armadas. El pueblo peronista fue arrinconado al papel de espectador. La importancia de este hecho es enorme. El bombardeo aéreo pone fin a la existencia psicológica del 17 de octubre, de poder de la masa congregada. Esto privaría a Perón de la única arma que el conocía y manejaba, del arma que usaba como una varita mágica. Llegaba para el país una hora de definiciones.

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